Día libre

Tengo algo qué decir de los días libres: existen hasta el momento en que te das cuenta de que los necesitas; a partir de ese día, se convierten en un mito. Es probable que este fenómeno no esté relacionado con la edad, ni con la clase social, ni con el tipo de trabajo. Un extraño concepto para la sociedad actual, porque ni en tiempos de pandemia la gente deja de comportarse como si tuviera muchas cosas qué hacer (aunque muchas veces termine haciendo nada).

También es probable que solo a mí me ocurra. En realidad no me he puesto a discutir sobre este asunto con un café en la mano, sería interesante. Mis observaciones solo nacen de esa mirada diaria a las vidas virtuales y carnales (habrá mundanidad en lo virtual?), sobre todo a la mía.

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Cómo llega el amor

En forma de notas para piano, melodía triste y dulce que no puede escapar de su nocturnidad.
En forma de pasos lentos, que deambulan por callejones escondidos. 
En forma de pensamientos melancólicos que encharcan las tardes de domingo.
En forma de gatos mojados, acurrucados en una alfombra caliente.
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Silencio compartido

Hay espacios vacíos más allá del umbral que rodea la cotidianidad. Se vislumbran generalmente al final de una jornada, aunque en el alba también es posible adentrarse en ellos. El encuentro de una persona con otra ocurre cuando ambas son capaces de abrir la puerta de esa habitación sin vestíbulo, sin color, sin muebles, sin imágenes ni canciones que la completen, sin el eco de ninguna historia pasada o futura. Una habitación desnuda que arropa con el manto de la confianza; una morada sin columnas, ni paredes, ni siquiera un techo.

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Simón

Simón era el típico niño cobarde, el que se juntaba con las niñas, aunque le pegaran. Nunca habría la bocota, siempre miraba como queriéndose esconder. Cuando entreabría la boca, se le asomaban esos pequeños dientes también asustadizos, como si hasta ese día hubieran comenzado a salir. A veces Simón esbozaba una sonrisa, durante el recreo, cuando pensaba que nadie lo veía; se quedaba sentado en la banca, balanceando las piernas, y su mirada perdida a veces parecía recorrer las letras y los números pegados en la pared.

―¿Por qué Simón parece un piojo asustadizo? Un gato relamiéndose los bigotes es más terrible, ―decía Berenice, la niña más agresiva del salón y a la que, extrañamente, Simón dirigía la palabra cuando llegaba a abrirla.

Pero mi memoria no lo recuerda escribiendo sobre la banca o sentado junto a los otros niños, sino apoyado en el piso, haciéndose bolita, sujetando sus dos manos por debajo de las piernas, hasta que se cansaba. Por años lo imaginé así, mientras me apoyaba en la cadena de los columpios a la hora del recreo, observando la ventana desde donde nunca se pudo ver, pero desde donde sabía que estaba ahí, del otro lado del muro.

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Sonrisa

I

Es el mar sembrado en el horizonte,

la barca entregada al río,

la noche con millones de estrellas atadas a la luna,

los atardeceres siguiendo mis pasos.

Es el camino sobre el cielo,

las piedras convirtiéndose en polvo,

la neblina que oscurece el sendero,

el pasto verde creciendo sin raíces,

las hojas pintadas de cálido fuego,

los nidales con pájaros en llamas,

las plumas de una vida que recién ha partido

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Treinta

De los treinta me dijeron que tendría mis primeros achaques en la espalda y la cadera, me saldrían las primeras arrugas, iba a subir de peso; debido a las dolencias me haría vegan and mindfullness. Que tendría un trabajo cuya probabilidad de odiar sería de un 50%; en el caso de no tener pareja, la soltería sería la causa de volcar mi vida en la oficina. De estar en clara competencia conmigo o con mi generación, tendría la necesidad de hacer cuarenta y cinco cursos al año y llenarme de actividades para satisfacer mi ego. Si para ese entonces ya había vendido mi alma al sistema, sería de ultra derecha y lucharía por conservar mi camioneta y mi casa; de no haberlo hecho, tendría todas las tardes libres para buscar trabajo y las noches para escribir panfletos progresistas.

La crisis de los treinta llegaría, haciéndome consumir cremas, series de televisión, redes sociales, cursos para aprender algo, ideologías, filosofías, veinte mil proyectos con sus respectivas técnicas de relajación, una revolución en mi cabeza.

Pero no, no hay que creerse todo lo que se dice.

La verdad es que se comienza a ser más mesurado, a entender por fin ciertas canciones; a balancearte con las sonrisas de tus personas queridas; a considerar la posibilidad de no tener la razón porque descubres que hay miles de perspectivas queriendo cortar la soga que tienes en el cuello; a que no todo se trate de ti; leer otra vez como una niña, buscando la inocencia perdida; a disfrutar más de las tardes y las noches; a valorar más tus piernas por los kilómetros que puede recorrer y no por la apariencia que pueden tener. A bailar sin esconderte, a estar satisfecha con poder mirar los colores del día y los ojos de un perro; que la libertad individual no basta cuando hay muerte afuera de tu casa; que debemos luchar por más infancias felices.

Lo cierto es que esto no es de los treinta. Ni siquiera son cosas que deban aprenderse, solo forman parte de un un punto de vista. Y me siento bien pensando así.

La comedia humana

Hoy estuve leyendo tuits, revisando las historias que publican en Whatsapp, viendo algunos videos mamadores en Tik Tok, vamos, el común denominador de la mayoría de los millenials con acceso a internet  —sospecho que muchos de mis alumnos de dieciocho años solo acceden a Tik Tok, medio que le hacen a la mamada en la escuela y luego duermen—. Entonces vino hasta mí el título de la extensa obra bastante acabada de Balzac sobre la sociedad francesa. Y es que con qué otra lente se puede mirar a la sociedad actual —toda ella, sin omitir a los franceses de esa época, que seguramente no estaban exentos de hacerle a la mamada también—, si no se quiere terminar con cuadros de ansiedad y depresión.

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Escribir

A pesar de haber convertido la escritura en un hábito, no todo lo que escribe un escritor es bueno, pero por eso prefiere escribir diario, algún texto resultará con una frase bien escrita, con una historia bien contada, o quizás el soliloquio perfectamente desorganizado que había buscado y rebuscado por años. También le sirve para asegurarse de que su oficio es el de ser un escritor y no otra cosa: una persona que solo pasó por ahí para desempolvar su teclado, quizás la euforia de un día malo que provocó una fehaciente necesidad de inmortalizar la tragedia con palabras, o pudo ser la visita ocasional de una musa en día sábado, o domingo, cuando no había nada qué hacer y la tarde inspiraba.

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Tesis

Las que escribimos para obtener un título universitario. No maestría, no doctorado. Me refiero única y exclusivamente a ese libro que se redactan con el duro tecleo que representa la certeza de estar a punto de terminar algo importante. Tan importante como los días en que nuestro cerebro fue lo último que se apagó, y ahí supimos el significado del destino, cuya fecha de caducidad es ineludible. 

Por supuesto que hay períodos mucho más triunfales, pero los desvelos que se forman debajo de nuestros ojos a causa de una sentencia que no sabemos cómo defender, tienen un sabor a metal. Los velos nocturnos saben a lo que debe saber la voluntad: a un arma con filo.

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Soltar

5 de agosto de 2020

Te quise mucho, más de lo que hubiera deseado después de tu partida, pero no menos de lo que hubiese querido antes de ella. 

Erré en mi propósito de hacerte feliz, no lo conseguí y aunque me hubieras dejado quedarme, no lo hubiera logrado. Pero no debe quedarte la menor duda de que pensaba darte mi tiempo y mi amor, hacerte sonreír cada día, ese siempre fue mi propósito desde el día en que te miré a los ojos y estreché tus manos.

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